Pedro Sola se auto-Ventaneo…
¿Pedro Sola dijo algo inaceptable o simplemente dijo en voz alta lo que durante años permitimos que la televisión convirtiera en espectáculo?
Tal vez el verdadero escándalo no sea una frase desafortunada, sino descubrir que llevamos décadas otorgando autoridad a opiniones que nunca tuvieron rigor.

Las redes sociales volvieron a poner a Pedro Sola y Ventaneando en el centro de la conversación. Todo comenzó con un comentario sobre los perros en espacios públicos que provocó una ola de indignación, críticas, llamados al boicot y exigencias para que TV Azteca tomara medidas. En cuestión de horas, el caso dejó de ser una anécdota para convertirse en uno de los temas más discutidos del entretenimiento mexicano.
Pero detenernos únicamente en la frase sería desperdiciar una conversación mucho más interesante.
Responsabilidad mediática
La pregunta no es únicamente si Pedro Sola se equivocó. La pregunta es por qué seguimos esperando que un conductor de espectáculos tenga la responsabilidad intelectual de un académico, la sensibilidad de un activista y la prudencia de un servidor público. Finalmente Ventaneando no cambió. Cambiamos nosotros.
Ventaneando nació en una época en la que la televisión tenía un poder casi absoluto para definir la conversación pública. Lo que ocurría frente a la pantalla rara vez encontraba una respuesta inmediata del otro lado.

Su identidad se construyó alrededor del comentario espontáneo, el juicio sobre la vida de los famosos y la polémica como espectáculo. Los conductores opinaban, discutían, ironizaban y, muchas veces, hablaban desde sus propias creencias. Esa era precisamente la fórmula del programa.
Hoy cada comentario puede convertirse en tendencia, ser recortado, compartido, analizado y cuestionado por millones de personas en cuestión de minutos. La tecnología transformó la relación entre los medios y la audiencia. Antes la televisión hablaba y nosotros escuchábamos. Hoy la televisión habla… y la audiencia responde.
Cambio con poder
La responsabilidad también es nuestra, es fácil señalar a Pedro Sola pero es más difícil es preguntarnos por qué una opinión emitida en un programa de espectáculos sigue teniendo tanto impacto en nuestra conversación pública.
Durante años normalizamos que comentaristas de entretenimiento opinaran sobre cualquier tema imaginable. No porque fueran especialistas, sino porque eran figuras conocidas. Poco a poco empezamos a confundir visibilidad con autoridad y ese fenómeno no pertenece únicamente a la televisión.
Hoy ocurre exactamente lo mismo con influencers, streamers, tiktokers, youtubers y creadores de contenido. Tener millones de seguidores no convierte automáticamente una opinión en un argumento sólido.
Entonces por qué seguimos otorgando tanto peso a opiniones que, en muchos casos, nunca tuvieron la obligación de estar respaldadas por conocimiento, rigor o responsabilidad.

La cultura de la cancelación no resuelve el problema
Las redes sociales han demostrado que la audiencia ya no es un espectador pasivo. Hoy puede ejercer presión sobre empresas, patrocinadores y figuras públicas con una velocidad impensable hace apenas unos años. Eso tiene un lado positivo: los medios ya no son intocables y las audiencias pueden exigir responsabilidad cuando consideran que se cruzó una línea.
Pero también vale la pena preguntarnos si cancelar a una persona resuelve el problema de fondo. Cuando toda la conversación gira alrededor de castigar a alguien, corremos el riesgo de dejar intacto el sistema que hizo posible esa forma de comunicar durante décadas. Esta discusión no debería terminar con una disculpa pública o con un hashtag, debería comenzar con una reflexión sobre el tipo de contenidos que premiamos, compartimos y consumimos todos los días.

Nuestro poder es consumir y convertir en cultura
Existe una idea cómoda: creer que la cultura la forman únicamente los grandes artistas, las películas premiadas o los libros que cambian generaciones. No es cierto.
La cultura también se construye con los programas que normalizamos, las conversaciones que repetimos y las opiniones que decidimos convertir en entretenimiento. Cada clic, cada reproducción y cada minuto de atención es una forma de decir qué tipo de contenido queremos que siga existiendo.
Quizá por eso el caso de Pedro Sola sea mucho más importante de lo que parece. No porque un conductor haya dicho algo polémico. Sino porque nos obliga a preguntarnos qué papel desempeñamos nosotros en la construcción de la conversación pública. Después de todo, los medios evolucionan cuando cambia su audiencia.
Y tal vez la verdadera noticia no sea que Pedro Sola habló de más. Tal vez la verdadera noticia sea que, por primera vez en mucho tiempo, el público decidió responder.
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